XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Carta de un caballero condenado
Daniela Rodríguez, 17 años
Colegio Senara (Madrid)
“Majestad, cuando leáis estas palabras ya estaré muerto. Pero antes, permitidme que con esta carta podáis saber cómo yo, Sir Callahad, perdí la vida.
Siempre soñé hacer del mundo un lugar mejor. De niño jugaba con mis hermanos a que nos convertíamos en héroes: mi hermano mayor hacía el papel del rey, yo el de su caballero. Mi gemelo, sin embargo, escogía el de villano. ¡Cuánto añoro aquellos días, en los que nuestra ignorancia nos protegía de los horrores del mundo!
Mi vida cambió cuando una tropa de soldados atacó nuestra aldea y la redujo a cenizas. Mis padres fueron asesinados, y a mis hermanos y a mí nos separaron para ejecutarnos. Al ver que mi gemelo y yo éramos idénticos, decidieron perdonarme la vida: no les hacía gracia contemplar dos veces el mismo rostro suplicante. Además, así podrían fingir que eran hombres clementes si alguien les acusaba de comportarse como monstruos.
Me llevaron a un mercado de esclavos. Fue allí donde os conocí, mi rey, el día que desenvainasteis vuestra espada y declarasteis que aquella tierra quedaba libre de toda esclavitud. Los mercaderes de hombres protestaron, pero nos dejaron marchar porque no sois vos, Majestad, un enemigo al que pudieran enfrentarse. En cuanto me quitaron las cadenas, decidí seguiros hasta el fin del mundo.
Tras un duro entrenamiento, me nombrasteis caballero. Ese día os juré vivir con honor, lealtad y obediencia, para convertirme en un guía de los débiles hacia la luz.
Hace una semana, nada más regresar de una misión en el norte, me enviasteis al oeste para sofocar una rebelión. Obedecí, a pesar de vuestra advertencia de que el líder de los rebeldes había solicitado mi presencia. Tenía claro que no debía subestimar a aquel enemigo, que ocultaba su rostro bajo el yelmo y se negaba a dar su nombre.
«Se trata de un soldado misterioso, al que han seducido nuestros enemigos», me explicasteis con pesar, como si os refirierais a un amigo que se pierde para siempre.
Nunca nos obligasteis a permanecer en Camelot: todos los caballeros servíamos por honor, no por miedo. Pero algunos se desilusionaban al veros escoger la diplomacia frente a la violencia. Supuse que aquel rebelde tenía que ser uno de esos necios, que desean probar su valía en el campo de batalla y suelen ser los primeros en morir.
Partí al día siguiente. Durante la marcha atravesamos un pueblo en el que vi a una familia feliz. Pensé en la vida a la que renuncié para que otros no tuvieran que aprender a empuñar una espada.
En la frontera nos aguardaba el enemigo. Su cabecilla llevaba el rostro oculto tras su armadura, y montaba un caballo blanco. No se presentó ni mostró su identidad. Tras unas negociaciones de pura cortesía –él deseaba la guerra–, comenzó la batalla.
La lucha fue brutal. Perdí muchos amigos. Mi deseo de justicia se tornó en rabia. Durante seis días combatimos con el mismo resultado: éramos más fuertes y numerosos, pero ellos se replegaban tras las murallas de una localidad cercana, dejando tras de sí un reguero de cadáveres.
En el amanecer del séptimo día, su líder se presentó solo para solicitar un duelo. Acepté, pues quería evitar más muertes. Aunque aparenté estar tranquilo, me sentía aterrado. Es terrible no saber si vivirás un día más.
Cargamos el uno contra el otro. En el último instante, bajó su lanza y permitió que mi espada atravesara su pecho. Me acerqué en mi montura y vi sus ojos a través del yelmo: eran los mismos que yo contemplo en el espejo cada mañana. Algo en mí despertó. Le quité el casco y fui de nuevo el niño que jugaba con su hermano gemelo, el villano… que moría en mis brazos.
«Parece que al fin he vencido al caballero bueno», murmuró, cada vez más pálido. «Aunque ya no eres el bueno de esta historia; no desde que te uniste a ese monstruo al que llamas rey».
«¿Por qué dices eso?», le pregunté.
«Fue él, hermano mío, quien mató a quienes me acogieron».
El dolor me devolvió al mundo: una punzada ardiente atravesó mi abdomen. Bajé la mirada y vi su mano, temblorosa, que había hundido su puñal en mi vientre. Se incorporó y me abrazó.
«Estoy feliz de que hayamos podido jugar una vez más».
Fue lo último que susurró antes de morir.
«Ya no importa», pensé, «pronto estaremos los tres juntos de nuevo».
No me arrepiento de quien fui, Majestad. Elegí la espada para proteger a otros y moriré por ellos; es una forma digna de partir. La mía no es una historia de gloria, sino de pérdida. Incluso una luz brillante, si no es guiada, puede proyectar la sombra más oscura.
Para concluir, Señor, os doy las gracias por haberme permitido encontrar mi camino, y os pido perdón por no haber sido capaz de acompañaros hasta el fin del mundo, como os prometí. Quizá en otra vida pueda saldar mi deuda.
Sin nada más que añadir, me despido, deseándoos la mejor de las fortunas”.
Sir Callahad
