XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Luis Cappuyns

¿Cómo te llamas?

Luis Cappuyns, 15 años

Colegio La Farga (Barcelona)

Una niña aguardaba sentada en una fuente. Esperaba a su madre, que debía pasar a recogerla y tardaba más de lo habitual.

De pronto, un hombre de mirada inquieta se detuvo frente a ella.

–Tu madre llegará tarde –le dijo con una voz demasiado amable–. Me ha pedido que venga a buscarte para llevarte a tu casa.

La niña frunció el entrecejo. Aquella situación no le gustaba; su madre jamás enviaría a un desconocido para suplirla. Empezó a sentir un poco de miedo, pero entonces le vino a la cabeza el acuerdo al que había llegado con ella.

–Si de verdad vienes de su parte, dime cómo me llamo.

El hombre puso un gesto de duda y sus ojos recorrieron la plaza, casi vacía, antes de volver a posarse en los de la niña. Había dejado de sonreír.

–Niña, tu madre nos espera. No lo pongas difícil –le dijo, intentando convencerla.

Pero ella no se movió.

En ese instante escucharon una voz autoritaria:

–La niña te ha hecho una pregunta; contéstala –era otro hombre, que al ver lo que estaba pasando se acercó a ellos sin vacilar.

El primer desconocido echó a correr. Entonces Ari, que era el nombre de la niña, se sintió aliviada, pues confiaba que hubiera pasado el peligro. Pero de repente su salvador se giró y la miró, esta vez con una intención diferente.

–Has sido muy valiente al no decirle tu nombre a ese tipo –reconoció con un tono neutro–. El problema, Ari, es que yo no necesito saberlo, porque sé quién eres.

Ari se asustó de nuevo. Aquella coincidencia era demasiado extraña. Miró hacia la carretera, por si veía aparecer el coche de su madre, pero no hubo suerte. Entonces, el vecino sacó un ramo de flores; eran las favoritas de su madre, que justo en aquel momento apareció en el parque.

–¡No puede ser! –lanzó un grito antes de echarse las manos al rostro.

Echó a correr hacia ellos y se abalanzó sobre aquel extraño.

Ari cerró los ojos, temerosa, para no ver la pelea que se avecinaba. Pero no escuchó golpes ni voces. Entonces, al abrirlos de nuevo, descubrió que su madre había roto a llorar. Estaba abrazada al hombre.

–Ari –le dijo con un hilo de voz–, tu padre ha vuelto de la guerra. Ven a conocerlo.