XXII Edición
Curso 2025 - 2026
La batalla de Zama
Alberto Lizana, 14 años
Colegio Mulhacén (Granada)
202 A.C., Llanura de Zama
Tras años de enfrentamientos, Aníbal Barca, general cartaginés, y Publio Cornelio Escipión, cónsul romano en África, se encontraban cara a cara para decidir el resultado de la guerra que había asolado las tierras romanas durante casi dos décadas. El destino de ambas potencias estaba en juego, y sus campamentos sobrecogidos por la tensión. Los soldados sabían que se iban a enfrentar, cara a cara, los dos mejores estrategas de la época.
En el campamento cartaginés, aunque había preocupación, tenían la tranquilidad de saber que Aníbal ya le había ganado una vez al ejército romano. Por otro lado, disponían de los temidos elefantes de guerra, capaces de arrasar todo aquello que se les pusiera por delante.
En el bando romano, por su parte, existía la inquietud ante aquellos enemigos que les derrotaron y provocaron el exilio de dos legiones completas, a las que impusieron el nombre de “Las Legiones Malditas”. Sabían que podían vencer, pero sólo si resistían la carga inicial de los paquidermos.
***
–¡Tenemos que liberar a esos elefantes o nos arrasarán y no quedará ejercito con el que combatir! –bramó Cayo Lelio, mano derecha de Escipión y jefe de la caballería.
–Totalmente de acuerdo. A lo mejor nuestro general tiene alguna idea –propuso Masinisa, quien estaba molesto porque, pese a ser el príncipe de los mauritanos y segundo al mando de la caballería, no se le tomaba demasiado en cuenta.
–Hay un modo, aunque es arriesgado –dijo Escipión–. Debemos hacer mucho ruido para espantarlos, a la vez que nuestros soldados les abren un pasillo para que pasen por ahí. Entonces, podremos rematarlos. Lelio y Masinisa os quedaréis más atrasados, para aparecer por sorpresa tras el embate de los elefantes.
***
Al día siguiente, ambos ejércitos se prepararon para la batalla decisiva tras años de sufrimiento. Los romanos contaban con la Quinta y Sexta legión, una al lado de la otra. Sus caballerías estaban alejadas, listas para aprovechar el factor sorpresa.
El cartaginés había colocado a los paquidermos en primera fila, seguidos de mercenarios y africanos. Al fondo estaban los temidos veteranos de Aníbal, y a ambos lados del grueso de infantería, los grupos de caballería.
Tras un momento de tensión empezaron a escucharse órdenes cartaginesas y los elefantes echaron a correr. La tensión aumentaba porque aún no se había dado la orden para dividir las filas. Cuando al fin se escuchó la señal de las trompetas de guerra, los soldados romanos empezaron a golpear sus escudos con las espadas y las lanzas mientras se dividían en columnas, dejando pasillos huecos entre ellas.
Los paquidermos, asustados por el estruendo de decenas de miles de soldados, trataron de escapar en estampida por dichos pasillos. Mientras avanzaban, los acribillaron con jabalinas hasta matarlos. Una vez superada la que había sido la mejor baza de los africanos, les tocaba resistir con destreza.
El grueso de infantería de ambos ejércitos avanzó. Mientras, Lelio y Masinisa recibieron la orden de acometer junto a sus compañeros. Cuando se produjo el choque de infantería, los caballeros cartagineses se prepararon para la contienda.
Los experimentados legionarios romanos atravesaron a los mercenarios cartagineses con sus largas picas. Tras ese primer lance, desenfundaron sus gladius y empezaron a combatir. Hubo más bajas entre los mercenarios, pues no podía compararse su preparación con la de los experimentados romanos.
La caballería cartaginesa también palidecía frente a la pericia de sus oponentes, que la fueron diezmando hasta que no quedó ni caballo ni jinete vivo. Lelio y Masinisa rodearon a los africanos, que al darse cuenta salieron despavoridos, abandonando a Aníbal y a sus hombres.
Romanos y cartagineses se miraron durante un largo y tenso momento, a la espera de que uno de aquellos ejércitos diera el primer paso. Los cartagineses atacaron cuando los romanos se reorganizaban para relevar a sus cansados compañeros. Con ellos iba Aníbal, dispuesto a luchar hasta el final. Las caballerías se lanzaron contra los flancos, pero se encontraron una resistencia nunca antes vista.
Ambos bandos lucharon con honor y coraje, pero los romanos tenían una superioridad numérica. Los cartagineses luchaban con la conciencia de que ellos eran el último obstáculo de Roma para llegar a Cartago, su capital.
Aníbal consiguió huir a Asia Menor junto sus hombres más fieles, en donde deseaba preparar su venganza.
Así, en poco más de un día de dolor y sufrimiento, acabó una de las peores guerras sufridas por los ejércitos de la República romana. A partir de entonces, los cartagineses, que una vez fueron una de las mayores potencias del Mediterráneo, pasaron a convertirse en una parte más de aquella dominación.
