XXII Edición

Curso 2025-2026

Juan José Ureña

Mi lunes perfecto

Juan José Ureña, 16 años

Colegio Mulhacén (Granada)

Mi lunes perfecto empezaría a las ocho en punto de la mañana con el sonido habitual del despertador. Entonces subiría la persiana de mi habitación y me daría una ducha de agua fría. Al acabar, me envolvería en una toalla calentada con anterioridad y me sentaría en el retrete, pensando en nada o en todo, en cosas buenas o malas, que me gusten o me disgusten. Al terminar mi reflexión de cinco minutos, empezaría a uniformarme sumido en un silencio absoluto, sólo interrumpido por mis propios pensamientos y por el cepillo de dientes.

Listo para afrontar el día, bajaría a por un café, que compartiría con mis padres. Hablaríamos de cualquier cosa hasta las nueve menos cuarto, hora en la que mi padre me llevaría al colegio. Durante esos diez minutos atrapados en el tráfico matinal, charlaríamos de economía y política.

A las nueve ya estaría clase, con una temperatura ideal y las cortinas corridas. Tras un par de minutos, el profesor correspondiente llegaría. Gracias a la combinación del descanso nocturno y el café, cada neurona me estaría funcionando perfectamente mientras mi cuerpo respondería tomando apuntes con precisión y una comprensión inusual.

Continuaría la jornada con un descanso de quince minutos, que acompañaría con un bocata de media barra de pan aderezada con tomate y atún, y con los debates habituales y apasionantes con mis amigos. Tras proponer mis puntos de vista, volvería al aula con un sentimiento de victoria que me alentaría a continuar con las tres siguientes lecciones, hasta la llegada de un nuevo descanso –en este caso de veinte minutos– para comer. La cola de entrada en el comedor sería breve y ordenada, y el menú consistiría en una buena hamburguesa con patatas fritas y una ensalada César, acompañadas con los mismos amigos y otros debates.

Al finalizar la comida volveríamos al aula con calma, tras la llegada del profesor. Una vez pidiéramos disculpas por el retraso, organizaríamos la clase en posiciones enfrentadas, dividiéndola en dos partes, para discutir de algún tema con pasión. Después, finalizaría el día escolar con tiempo libre y tiempo de estudio.

Tras la recogida puntual por parte de mi padre, de camino a casa cada cual narraría alguna experiencia divertida sucedida en las horas que cada cual estuvo cumpliendo sus obligaciones. Una vez allí, me cambiaría el uniforme por un chándal, y tras una merienda liviana y saludable volvería a subir al cuarto, en donde realizaría mi rutina de ejercicios de abdominales. Sudando por el esfuerzo, me daría una ducha caliente y me pondría el pijama.

Dedicaría no más de cinco minutos a organizarme el resto de la tarde, de forma que pudiera cumplir las obligaciones correspondientes antes de las ocho. Y coronaría la jornada con unos capítulos de alguna serie de Netflix.

Cenaría sobre las nueve y media, y al terminar dejaría la cocina como los chorros del oro. Y no sin antes dar las buenas noches a mis padres, me pondría en los cascos una playlist tranquila y, simultáneamente, me lavaría los dientes durante un par de minutos. Una vez me enjuagara la boca y presumiera de mi sonrisa ante el espejo, me lavaría la cara y me metería en la cama. Hacia las once, finalizará el día con una lectura apaciguadora.