XXII Edición
Curso 2025-2026
Nuestro rival
Alessandra Guarniz, 15 años
Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)
Como miembros de algún equipo deportivo que compite, muchos jóvenes acudimos a la cancha para entrenar diversos deportes: fútbol, baloncesto o, en mi caso, vóley. Reconozco que siempre voy con la mente fija en un pensamiento: «Tengo que jugar bien», en lugar de «Quiero jugar bien». Por eso, cuando el marcador se pone en contra de mi equipo, la ilusión por remontar y ganar el partido deja de ser un motor, para convertirse en un ancla. Entonces pierdo el control de la situación y el mundo se silencia a mi alrededor. Siento que todas las miradas se clavan en mí, quemándome la piel. Las manos me sudan y solo pienso en qué pasará si me equivoco, quién de mis compañeros se molestrá conmigo y qué cara de decepción pondrán los demás.
Hay un momento, antes de que el árbitro inicie el juego, en el que el silencio se llena de tensión. No es un silencio apaciguante sino que está cargado de expectativas ajenas que terminamos haciendo nuestras. A veces creo que no compito contra un rival, sino contra una versión idealizada de mí misma: una jugadora que no debería fatigarse ni errar un solo ataque, a la que no se le puede atribuir la responsabilidad de un mal partido, pues todo le tiene que salir bien, como si el equipo girara a su alrededor.
Es agotador vivir intentando alcanzar un nivel que, la mayoría de las veces, no elegimos. Los deportistas nos obsesionamos con ser robots de alto rendimiento y nos olvidamos de que el margen de error es, precisamente, lo que nos hace humanos. El perfeccionismo, más que una meta, es una una máscara que nos ponemos para ocultar nuestras inseguridades. Además, nos impide respirar y actuar con libertad.
A veces cargamos con creencia errónea de que dudar es una forma de rendirse. En realidad, es parte del proceso en cualquier deporte. No se trata de hacernos invencibles ni de ignorar a nuestra mente cuando nos pide un respiro, sino de aceptar que somos mucho más que los responsables de un resultado en un marcador. Por tanto, el éxito no debería ser solo ganar una medalla, sino lograr que el miedo a equivocarnos no nos robe las ganas para superar cualquier frustración. A fin de cuentas, el deporte debe ser una pasión que defina la calidad de nuestro esfuerzo, más allá de cualquier resultado. El valor de un deportista no lo mide un marcador sino la entrega, así como los lazos de compañerismo que se forjan en la cancha.
