XXII Edición
Curso 2025-2026
Se llamaba Soledad
Miguel Navarro, 17 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)
El amor, al igual que la muerte, se caracteriza por entrar sin llamar. Da igual si uno se encuentra en el crudo invierno o hace un calor del demonio: llega y cambia la vida para siempre.
Había una mujer sevillana que decía de sí misma que era como el viento, que lo mismo viene que va. Quizás estaba en lo cierto. Se llamaba Soledad. El caso es que Gabriel era un huracán que no pretendía irse. Después de fallecida, su mujer daba por hecho que ese viento nunca volvería a soplarle en la cara, aunque, en honor a la verdad, la relación que mantenía con Soledad era distinta.
–¿Has visto lo grandes que están ya mis nietos? -le preguntó con una fotografía entre los dedos-. No doy crédito; me parece que fue ayer cuando los vi así de pequeños -Gabriel indicó con las manos una distancia imaginaria que no iba más allá de su barriga-. Mi hija se los ha llevado a vivir al extranjero, para que aprendan idiomas. Tú sabes; las obsesiones de las madres de hoy. Yo estoy de las tecnologías hasta las narices. ¿Ves el móvil que está sobre la mesa? Pues para mí vale lo mismo que una piedra. «Pero si es muy fácil», me dice mi hija. ¿Fácil?… Será fácil es si has nacido después de los noventa. Pero, bueno, me habías preguntado por mis nietos. Dice mi hija que no volverán hasta después de Navidad. ¡De Navidad!... ¿Sabes cuánto queda para eso? Pero si abril acaba de empezar… Idiomas, dice. ¿Pero qué importarán los idiomas? Mírame a mí, que solo sé el español y nunca he tenido un problema en el extranjero. Bueno, está lo de aquel francés… pero eso es otro tema.
>>¿Quieres que te cuente lo del francés? –prosiguió–. ¡Bah! Tampoco fue nada del otro mundo: un enfado porque decía que él había apostado al caballo ganador. Pero, ¡era mentira! Quien apostó fui yo. Además, el tipo tenía una cara que no me gustaba un pelo, así que hice bien en dejarle claro quién mandaba. Para que luego mi hija me diga que me dejó estafar así como así.
>>¿Por qué te contaba esto? Mmmm… Se me ha olvidado. No importa; mejor. Mi mujer decía que si no te acuerdas de lo que ibas a decir, es porque no era tan importante.
>>A todo esto, ¿quieres algo, Soledad? ¿De verdad que no?... Lo que sea, me dices.
>>No sé qué sería de mí sin ti. Hoy estás muy guapa, sí señor. Te queda muy bien el pelo suelto. Desde hace un tiempo eres la única persona con la quiero estar. Te he tenido cuando más te necesitaba, Soledad mía. Ahora que me paró a pensar, me doy cuenta de todo lo que hemos vivido juntos... Desde que mis nietos dejaron de visitarme, tú y yo hemos cruzado lagunas, bosques y montañas, hemos intercambiado tantas palabras que diría que lo nuestro es amor.
>>No me importaría casarme contigo, Soledad. Eres la primera que ha sabido escuchar mis problemas. ¡Ni mi hija me ha echo tanto caso como tú! Mira a la ventana: está soplando el viento. Tus pestañas, tus mejillas… ¡Ay, chiquilla! Eres un todo para mí. Ya no puedo vivir sin ti, Soledad. Sé que a veces soy un poco pesado, una carga para una muchacha como tú, pero te pido que nunca me abandones. Desde que no veo a mi familia, eres la única persona por la que me apetecería pelear hasta la muerte… -Gabriel no pudo impedir que le resbalaran unas lágrimas.
El viento siguió soplando en su habitación. Cuando un abuelo ha perdido hasta el consuelo de sus nietos, por pura desesperación es capaz de enamorarse hasta de estar solo.
Se llamaba Soledad, el último viento.